El Brujo Pirujo y el Crecepelo Mágico

El Brujo Pirujo vivía tranquilo en una pequeña casita en medio del bosque. Allí tenía un pequeño huerto y unos cuantos árboles frutales. La fruta era importante, porque a Poffy le gustaba mucho la fruta. Poffy era su mascota dragón. No era un dragón grande. Tenía más o menos el tamaño de un gato. Y aunque era un poco travieso, le daba mucha compañía al Brujo Pirujo.

Un día, mientras el Brujo Pirujo recogía unos cuantos tomates de la huerta, llegó a su casa un viajero con una gran y pesada mochila. Llevaba unos cuantos días viajando por el bosque y haciendo camping. Después de charlar un rato, decidieron que ese día, el viajero iba a acampar delante de su casa y así cenarían juntos pisto con huevos.

Durante la sobremesa, el Brujo Pirujo le contó al viajero historias de sus años en la escuela de magia. El viajero le contaba lo estresante que era la vida en la gran ciudad.

-Mira, hasta creo que me he quedado sin pelo por el estrés. No me queda ni un solo pelo en toda la cabeza -dijo el viajero.

-Pues yo creo que tenía por ahí una receta para un crecepelo… humm, voy a ver si la encuentro -contestó el Brujo Pirujo.

Después de ponerse sus gafas para ver de cerca, el Brujo Pirujo se puso a mirar libro tras libro de su enorme colección. Pasaba muchas páginas, pero parecía que no encontraba nada, hasta que en un polvoriento libro del fondo de la estantería dió con la receta.

-¡Aquí está! Sabía que lo tenía en alguna parte. Hace muchos años que no la hago, pero seguro que sigue funcionando a las mil maravillas. Es una receta de mi abuela. Vamos a probar -dijo el Brujo Pirujo.

En su cocina, el Brujo Pirujo empezó a reunir los ingredientes, alrededor de su olla para conjuros favorita. Luego los iba añadiendo uno a uno: Una tacita de leche de murciélago. Tres ramas de perejil. 2 cucharadas de harina integral. 4 tomates con pepitas y todo. Medio litro de agua fría. Un huevo de gorrión. 3 dientes de ajo…

-¿3 dientes de ajo? ¿dónde he puesto los dientes de ajo? -se preguntaba en voz alta el Brujo Pirujo.

Se puso a buscar por la cocina y Poffy le ayudaba. Mientras el brujo no miraba, Poffy se acercó mucho a la olla y le dió un golpe (seguro que sin querer) al bote de leche de murciélago… así que toda la leche que quedaba se derramó dentro de la olla. Cuando Poffy lo vió, volvió a colocar el bote derecho y no le dijo nada al Brujo Pirujo, vaya que se enfadara.

-¡Aquí están! -dijo el Brujo Pirujo- yo sabía que los tenía por aquí.

Volvió cerca de la olla, y colocó dentro los dientes de ajo. Puso a cocer a fuego medio removiendo de vez en cuando durante 30 minutos. Luego a reposar 2 horas a temperatura ambiente. Y ya tenía una maravillosa pasta crecepelos.

El viajero estaba contentísimo con la idea de volver a tener pelo. El Brujo Pirujo le aplicó la pasta en la cabeza y luego se la cubrió con un paño húmedo. 

-Tienes que esperar 24 horas con la cabeza cubierta. Luego te puedes quitar el paño, lavarte la cabeza y, durante los 3 siguientes días, tienes que comer mucha fruta -dijo el Brujo Pirujo.

-¿La fruta ayudará a que me crezca mejor el pelo? -preguntó el viajero.

-No, pero he visto que comes poca fruta y eso no es sano -le contestó el Brujo Pirujo.

El viajero se despidió del Brujo Pirujo y le dijo que le daría noticias sobre si el crecepelo funcionaba.

Y así fué. Pasados unos días le llegó una carta del viajero:

 

Querido Brujo Pirujo,

Estoy contentísimo con el ungüento que me diste. Al principio me olía la cabeza un poco raro. Pero después de lavármela, mucho mejor. Los primeros días me empezaron a salir unos pelitos pequeños, casi diminutos pero, ya sólo con eso, estaba yo la mar de contento.

Una semana después ya tenía suficiente pelo como para peinarme. Vuelvo a tener pelo, ¡Es maravilloso!

Muchísimas gracias por devolverme la cabellera. Cuando vuelva a salir de excursión por el bosque, iré a visitarlo.

Firmado: Jose el Viajero

El Brujo Pirujo se alegró mucho al recibir la carta, pero no se imaginaba las repercusiones que esto tendría… Unos días después, mientras hacía unos sudokus en el sofá, llamaron a la puerta. ¡Ding Dong! Y al abrir se encontró delante de su casa a 20 señores, y ninguno de ellos tenía ni un solo pelo en la cabeza.

-Buenos días señor Brujo Pirujo -comenzó diciendo el primero de ellos -, perdone que le molestemos. Resulta que hemos hablado con nuestro amigo Jose sobre su nuevo pelo, y nos contó sobre usted y su mágica receta. Nos preguntábamos si no le quedaría más de ese ungüento crecepelos.

-Ajá, ahora entiendo, así que queréis también tener pelo -contestó el Brujo Pirujo – Pues creo que estáis de suerte, porque me salió una olla entera, que todavía tengo que tener por ahí. Venid, venid, crecepelo para todos.

Esa tarde el Brujo Pirujo se la pasó aplicando el ungüento a todos los calvos que habían venido a casa. Todos se fueron a casa con su cabeza cubierta. Oliendo regular, pero la mar de contentos, pues ya pensaban en la melena que pronto iban a lucir.

Los días pasaron tranquilamente para el Brujo Pirujo. Cuidaba su huerto, daba sus paseos por el bosque y leía libros en los que los dragones eran los protagonistas, cuando un día ¡Ding Dong! llamaron a su puerta. Al abrir, se encontró con una montaña de pelo del tamaño de una persona. Por la parte de abajo asomaban dos pies, también peludos.

-Buenos días señor Brujo Pirujo -dijo la montaña de pelo.

-Eh…. Buenos días montaña de pelo -contestó el Brujo Pirujo.

-No soy una montaña de pelo, soy Jose el Viajero. Verá, parece que esto del crecepelo ha terminado resultando más potente de lo que imaginaba. Al principio, salía el pelo que era una maravilla. Luego me pareció que salía demasiado, y tenía que ir con frecuencia a la peluquería. Pero ya es un ritmo que no puedo aguantar. Cuando salí de casa me afeité la cabeza entera, y en el tiempo que he tardado en llegar aquí, ya ve, tengo más pelo que un hombre lobo.

-Ya veo, ya veo. Pasa, pasa. Vamos a buscar una solución para esto -dijo el Brujo.

Mientras buscaba y buscaba una solución en su biblioteca, Poffy le cortaba el pelo al Viajero. Empezaba por la cabeza y terminaba por los pies, pero cuando teminaba, ya venía pelo nuevo por la cabeza… un trabajo duro. Y más duro aún, cuando fueron llegando los demás calvos. Bueno, ya no tan calvos. Pues todos eran montañas de pelo que crecía sin parar.

Fuera en el jardín todos se cortaban el pelo los unos a los otros, mientras el Brujo Pirujo buscaba una solución.

-A lo mejor podríamos aprovechar tanto pelo para algo -dijo uno de los ex-calvos.

-Quizá podríamos abrir una tienda de cojines -contestó otro.

-O de pelucas -añadió un tercero.

Así pasaban el rato mientras el Brujo Pirujo buscaba entre sus libros. Hasta que se escuchó un sonoro: “¡Eureka!”. Todos corrieron frente a la puerta de la casa, de la que salió el Brujo Pirujo con una olla con un nuevo líquido dentro.

-Este es el remedio perfecto -anunció el Brujo Pirujo- Bebed una tacita cada uno mientras saltáis a la pata coja, y todo se solucionará.

Y así hicieron los 21 calvos peludos. Bebieron y saltaron a la pata coja todos al mismo tiempo. Poco después el pelo dejó de crecer. Y un poco más tarde no sólo dejó de crecer, sino que se les empezó a caer. Antes de que se hiciera de noche, estaban todos otra vez calvos. Pero ahora, estaban calvos y felices de ello.

Y colorín colorado, este cuento peludo se ha acabado.


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