La Gallinita Colorada

Adaptación de una fábula estadounidense

Había una vez una Gallinita Colorada que vivía en una granja. Se pasaba el día de un lado para otro, picoteando en busca de sabrosos gusanos. Le encantaban los gusanos, y eran muy importantes para la alimentación de sus pollitos.

Cuando la Gallinita encontraba un gusano, llamaba a sus pollitos, que venían corriendo a rodearla. Entonces ella lo repartía entre sus pollitos que lo comían felices. Esta gallinita, siempre estaba muy ocupada.

El gato de la granja solía pasar el día durmiendo, pues era muy perezoso. Ni siquiera se molestaba en asustar a la rata que por allí vivía, y que se paseaba por la granja con total tranquilidad. Y al cerdo, que vivía en la pocilga, no le interesaba nada en absoluto, mientras él pudiera comer y seguir engordando.

Un día, la Gallinita Colorada encontró unas semillas. Como nunca había visto unas de ese tipo, fue preguntado por la granja qué podían ser. Descubrió, que eran semillas de trigo, que tras ser sembradas, se convertirían en una planta, que una vez madura, podría convertirse en harina, con la que se podría hacer pan.

¡Qué descubrimiento! La Gallinita Colorada supo de inmediato que había que plantar esas semillas. Pero siempre estaba tan ocupada buscando comida para ella y para sus pollitos, que pensó que no tendría tiempo para plantarlas. 

Así que se acordó del cerdo, del gato y de la rata, que parecía que nunca tenían nada que hacer. Preguntó en voz alta: “¿Quién me va a ayudar a sembrar estas semillas?”

-Yo no -dijo el cerdo.

-Yo no -dijo el gato.

-Yo, tampoco -dijo la rata.

-Bueno, pues entonces, tendré que hacerlo yo -dijo la Gallinita Colorada.

Y así lo hizo.

Tras esto, continuó con sus tareas diarias durante los largos días de verano, buscando alimento para sus pollitos. Mientras, la barriga del cerdo crecía. Y la barriga del gato crecía. Y la barriga de la rata también crecía. Y el trigo crecía y crecía hasta estar en el punto en que ya se podía cosechar.

Cuando un día, la Gallinita Colorada vió lo alto que había crecido el trigo, y que el grano ya estaba maduro, salió corriendo a preguntar a los demás: “¿Quién me va a ayudar a cosechar el trigo?”

-Yo no -dijo el cerdo.

-Yo no -dijo el gato.

-Yo, tampoco -dijo la rata.

-Bueno, pues entonces, tendré que hacerlo yo -dijo la Gallinita Colorada.

Y así lo hizo.

Tomó prestada la hoz del granjero y segó todas las plantas de trigo. Fue un trabajo duro, pero estaba muy orgullosa cuando vió, en el suelo, todo el trigo que estaba listo para ser trillado. Los pollitos no paraban de piar alrededor de su madre, pues querían un poco de su atención. Al ver que tenía que cuidar a sus pollitos, la Gallinita Colorada, volvió a intentar que le ayudaran los demás animales de la granja: “¿Quién me va a ayudar a trillar el trigo?”

-Yo no -gruñó en cerdo.

-Yo no -maulló el gato.

-Yo, tampoco -dijo la rata con su voz chillona.

Entonces, la Gallinita Colorada, bastante desanimada, dijo “Bueno, pues entonces, tendré que hacerlo yo”.

Primero alimentó a sus pollitos y los llevó a dormir la siesta. Luego, fué ella sola a trillar el trigo. Había una buena cantidad. La Gallinita volvió a preguntar como de costumbre: “¿Quién me ayudará a llevar el trigo al molino y molerlo?”.

Los demás animales de la granja, casi sin inmutarse, dieron las mismas respuestas de siempre:

-Yo no -dijo el cerdo.

-Yo no -dijo el gato.

-Yo, tampoco -dijo la rata.

-Bueno, pues entonces, tendré que hacerlo yo -dijo la Gallinita Colorada.

Y así lo hizo. 

Cargó con el pesado saco de trigo hasta el molino, y una vez allí, lo molió hasta convertir el trigo en fina harina blanca. Luego tuvo que traer el saco de harina de vuelta a la granja, y por el camino, incluso consiguió algún gusano para llevárselo a sus pollitos. Estos se pusieron muy contentos con el gusano, y la pobre Gallinita, muy cansada, se fue a dormir ese día mucho antes de lo normal.

Cuando al día siguiente sus pollitos la despertaron, lo primero que le vino a la mente fue que, de alguna manera, ese día tenía que conseguir convertir la harina en pan. Así que primero se encargó de que sus pollitos tuvieran un buen desayuno, y luego, fue a buscar al cerdo, al gato y a la rata, confiando que, en algún momento, iban a ayudarla: “¿Quién va a ayudarme a hacer el pan?”

Pobre Gallinita, una vez más sus esperanzas se estamparon contra la vagueza de los otros animales. Pues el cerdo dijo “Yo no”. El gato dijo “Yo no”. Y la rata dijo “Yo, tampoco”.

La Gallinita Colorada dijo, una vez más, “Pues entonces tendré que hacerlo yo”. 

Y así lo hizo. 

Se puso un delantal y siguiendo la receta preparó la masa, la separó para hacer varias barras de pan y las metió en el horno. Los demás animalitos seguían con su rutina perezosa. Pero a medida que empezaba a salir un delicioso olor del horno, todos se fueron acercando a ver de qué se trataba. La Gallinita Colorada estaba super orgullosa cuando sacó los panes del horno. Habían salido perfectos.

Y entonces, tal vez porque ya tenía la costumbre, preguntó “¿Quién me va a ayudar a comer el pan?”.

-¡Yo, yo! -dijo el cerdo rápidamente.

-¡Yo, yo! -dijo el gato relamiéndose.

-¡Yo, yo! -dijo la rata que no paraba de olfatear el pan.

-Pues no, ninguno me ayudareis -contestó la Gallinita. -Me lo voy a comer yo sola con mis pollitos. 

Y así lo hizo.


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