Señor Erizo visita Ciudad Esqueleto

El Señor Erizo quería ir de vacaciones, pero no sabía a dónde ir. Fue a la estación de tren y subió en el puente que cruzaba por encima de las vías de tren. Fué mirando los trenes que había y cuando vió uno parado que le gustó, cogió su cojín y saltó encima para caer blandito. 

Entró por la ventana del vagón y en el vagón parecía que no había nadie. Continuó caminando al siguiente vagón una vez se puso el tren en marcha y en el otro vagón, todos los pasajeros eran esqueletos.

Todos los esqueletos se le quedaron mirando. Luego, uno dijo, ven pequeñín, siéntate conmigo.

El Señor Erizo se sentó al lado de este esqueleto y comenzó a hacerle preguntas. El esqueleto se llamaba Tina y le contó que ese tren era un tren especial que iba a Ciudad Esqueleto. La ciudad dónde viven todos los esqueletos. El Señor Erizo se sorprendió mucho, pero Tina le dijo que no había que tener miedo, que era una ciudad muy divertida.

Tina le ofreció al Señor Erizo pasar sus vacaciones en su casa, ya que en Ciudad Esqueleto no había muchos hoteles. El Señor Erizo aceptó encantado y una vez el tren llegó a su destino, acompañó a Tina a su casa.

Ciudad Esqueleto estaba llena de esqueletos que iban de un lado para el otro. Las casas estaban hechas de hueso. Los perros eran perros esqueletos, y los gatos también. En los árboles había pájaros esqueletos. El Señor Erizo tenía mucha curiosidad por conocer la ciudad, así que en cuanto dejó su cojín en la casa de Tina, salió a hacer turismo.

Estuvo haciendo muchas fotos de las casas que estaban hechas de huesos enormes, como huesos de elefantes. Paseó por la plaza dónde había una fuente de huesos y un reloj hecho de huesecitos muy pequeños.

Con Tina fueron a un restaurante a comer. Los esqueletos disfrutaban mucho comiendo, pero no les hacía falta comer. Todo lo que comían, caía al suelo. Así que el Señor Erizo se comió su comida y todo lo que le caían a Tina al suelo. Estaba muy contento de poder comer tanto.

Cuando acabó el fin de semana el Señor Erizo ya tenía que volver a casa. Tina le explicó que el tren de vuelta salía a una hora secreta. Tenía que estar en la estación por la noche con la luz de la Luna llena. Sólo en ese momento podría subir al tren.

El Señor esperaba en el andén, pero allí no había tren alguno. Era de noche, y había luna llena, pero estaba cubierta por una nube. Después de un rato esperando ya empezaba a impacientarse, pero entonces, la nube se movió y dejó pasar la luz de la luna llena. En cuanto la luz llegó al andén, pudo ver un tren de hueso que le esperaba. Subió rápido porque pensó que si la nube volvía a cubrir a la Luna, no vería el tren.

Una vez dentro del tren, buscó un asiento junto a la ventana, apoyó la cabeza en su cojín y se echó una siesta mientras el tren volvía a su casa. Por la mañana desayunó en el vagón restaurante del tren y estuvo hablando con un esqueleto muy simpático que le dijo que iba a visitar a un primo suyo que vivía en una cueva cerca de la casa del Señor Erizo.

Al llegar a casa, contó a todos sus hermanos la aventura que había tenido al visitar Ciudad Esqueleto. Pero ninguno le creía. “¿Una ciudad de esqueletos?, eso cómo va a ser…”.

Así que el Señor Erizo fue a la cueva que estaba cerca de su casa y le preguntó a los esqueletos si les importaba que les visitara con sus hermanos. Le dijeron que sin problema, así que el Señor Erizo volvió con sus hermanos y estos por fin le creyeron. Se quedaron muy sorprendidos y tiempo después organizaron una nueva visita a Ciudad Esqueleto a la que fue el Señor Erizo con todos sus hermanos.


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