Una función para H25

Villa Androide era la gran ciudad de los robots. Todos sus habitantes eran robots, y eran muchos robots. Los había de diferentes tamaños, formas y colores. Todos distintos entre sí, pero con algo en común: todos tenían una función que cumplir.

La gran fábrica de robots ocupaba la parte central de Villa Androide. Prácticamente, la fábrica ocupaba toda la ciudad. Era un edificio enorme y allí se producían y reparaban todos los robots que vivían en Villa Androide. 

Cada vez que se necesitaba un nuevo robot, allí lo diseñaban y fabricaban. Para cada robot que salía de la fábrica, ya se sabía de antemano cuál iba a ser su función. Y sólamente se fabricaban aquellos robots que hacían falta.

Un día pasó algo en la fábrica que nadie había previsto. Tal vez algún robot se equivocó accionando alguna palanca o tocó el botón que no era. Nadie sabe como pasó, pero la cosa es que de la fábrica salió un robot más de los necesarios. Uno que nadie había planeado y para el que no tenían una función pensada de antemano. Lo llamaron H25.

Estuvieron pensando mucho rato cuál sería la función de H25. Al final decidieron que visitase a los demás robots mientras trabajaban. Así podía probar los diferentes trabajos y ver cual le gustaba más hacer.

Había muchos trabajos en Villa Androide. Todos necesarios. Fabricar tuercas, limpiar las calles, pintar otros robots… H25 podría probar muchas cosas diferentes.

Cada día, H25 acompañaba a otro robot ayudándole y aprendiendo lo que hacía. Los robots iban siempre muy ordenadamente a cumplir su función. Sin perder ni un momento y siempre de forma muy eficiente. La ciudad funcionaba como un reloj. 

H25 era un robot muy curioso y estaba muy contento probando tantas cosas diferentes. Y aunque los trabajos que probaba estaban bien, ninguno le terminaba de convencer. Iban pasando los días y H25 empezaba a preocuparse. ¿No encontraría nunca su función?

Un día, volvía a casa en metro. Estaba canturreando para sí mismo mientras miraba por la ventana del vagón y otro robot le preguntó:

-¿Qué es eso que haces?

-Mirar por la ventana -contestó H25.

-No, eso no. El sonido ese que haces.

-Ah, no sé. Lo hago de vez en cuando. Me gusta cantar.

-¿Cantar? Nunca había oído a un robot cantar. Es muy bonito.

H25 se quedó muy sorprendido. ¿No había robots cantantes? ¡Si a él le encantaba cantar! Buscó, preguntó y descubrió que era verdad. No había ningún robot que su función fuera cantar. Así que ninguno cantaba. Por fin sabía lo que quería hacer: quería ser un robot cantante.

En la fábrica no estaban muy seguros. Nunca había habido ningún robot cantante. Pero H25 estaba muy motivado. Les cantó allí mismo una canción y todos se quedaron encantados. “Está bien eso de la música” dijeron los robots. Y al poco tiempo ya le estaban pidiendo más canciones.

H25 comenzó a componer canciones en casa y cuando ya tenía suficientes, preparó el primer concierto de Villa Androide. Todos los robots acudieron al gran acontecimiento y se lo pasaron en grande.

Todos querían escuchar música más a menudo, así que se les ocurrió que H25 podría cantar por la megafonía de la fábrica para que los demás robots le escuchasen mientras trabajaban. Y todos trabajan mucho más felices así.

H25 siguió creando y grabando canciones. También fue haciendo música con objetos que encontraba, y así fue creando instrumentos musicales: tambores, flautas, guitarras… Pronto había más robots músicos, y formaron el primer grupo musical de Villa Androide.

La ciudad de los robots seguía funcionando como un reloj. Pero ahora, además, lo hacía al ritmo de la música.


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